lunes, 1 de abril de 2013

PARA MAMI:


Un día me convertiré en viento...
Jugaré con las hojas
y me colgaré de las ramas de los árboles.
Enredaré los cabellos de la gente,
como un duende travieso.
Robaré los besos que quedan prendidos
de los labios de aquellos
que no osaron depositarlos en otros labios.

Seré la brisa que baila con las olas,
y la mano que sostiene el vuelo de los pájaros.
Me reiré con la risa de los niños
que inocentes juegan
en un mundo de fantásticas aventuras.
Me colaré por rendijas de puertas y balcones,
espiando mil escenas maravillosas.
Prenderé en mi vestido invisible notas musicales,
y las llevaré a oídos cansados de reproches.
Traeré recuerdos de aromas y sonidos de infancias dulces
a viejitos que añoran aquel pasado.
Seré el espacio que queda
entre las manos y los cuerpos de los enamorados.
El aliento que alimenta los versos y las palabras
que por miedo o rubor se callan.

Un día me convertiré en viento...
Acariciaré el cielo, la tierra, los ríos y los mares,
y a cada ser vivo que en ellos mora.
Y finalmente me iré a dormir lejos,
con todos esos sueños, entre mi corazón y mi alma.

Sí, un día me convertiré en viento...
Y ese día MADRE, sin ningún temor, sin ningún rencor,
me acercaré a abrazarte y a darte un beso.


domingo, 17 de marzo de 2013

Papá hoy me pidió que invente una historia, y que la cuente como si fuera real.

No tengo idea de lo que de acá saldrá, pues mi pensamiento es dejarme llevar, escribir sin más, sin pensar y a ver qué es lo que sale.

Será difícil porque tengo que integrar a un mono que me pedía bananas en otro de mis cuentos, que algunos de ustedes conocerán y otros no. Lo de que parezca real ya va a ser otra historia, puesto que me dispongo a escribir un cuento, aunque tal vez haya algo de verdad en él... Eso lo sabrán los que me conocen bien.

Así es que sin más dilación vamos a ponernos manos a la obra.


  • UNA BREVE HISTORIA DE SAUCE.

Sauce era un ser lunar, un ser de esos de los que sólo hay un uno por ciento sobre la faz de la Tierra. Era una niña perdida, perdida de sí misma, de su camino, de su propio ser, pero no cejaba en el intento de buscarse y encontrarse, así es que un buen día decidió emprender un viaje.
Se agarró poca cosa de valija, sólo algo de pan y fruta y agua para el camino, y algo de abrigo por si tenía frío. Más nada, pues esperaba encontrar lo que necesitase para sustentarse sobre la marcha.


Empezó a caminar su senda muy ilusionada, pues era un ser que disfrutaba de las pequeñas cosas de la vida, aunque también solía desmotivarse a menudo cuando las cosas no le salían como ella esperaba.

A Sauce la hacía feliz hasta el viento, un pájaro cantando en una rama, los rayos del sol y los colores de la madre Naturaleza, pero también había muchas cosas que la entristecían profundamente. Se deleitaba mirándolo todo como quien lo descubre por vez primera, con los ojitos del alma bien abiertos, como si fuera el dos de oros, pero a veces, sin darse cuenta su mundo de colores se desvanecía y aparecía vestido de gris y de melancolía.
En su largo caminar por valles y montañas un buen día llegó a un bosque. Era un bosque oscuro y profundo, de esos que salen en los cuentos de miedo, de esos en los que uno no se adentraría ni siquiera siendo un valiente.

A aquel siniestro lugar los aldeanos de un pueblo cercano lo llamaban el Bosque de los Lamentos. Sus árboles eran tan altos que apenas dejaban pasar la luz, y sus ramas tan retorcidas y peladas que parecían vivir sufriendo la carga de mil años de lágrimas y tristezas.

A Sauce le habían dicho que en aquel lugar vivía la Dama de los Mil y un Nombres. Era conocida así, porque cada ser que lograba encontrarla le otorgaba un nombre distinto.
La niña camina por un sendero tortuoso, lleno de guijarros que se le clavaban en los zapatos, y de zarzas que al paso le salían para arañarle los brazos y la carita. Se le antojaba tan feo aquel camino que Sauce andaba triste y cabizbaja, pensando que Dama tan milagrosa como las historias contaban, no podía vivir en un lugar tan oscuro y falto de colores.
Desesperada y frustrada decidió pararse a los pies de un roble a tomar aliento y tratar de orientarse en aquella espesura, pues cada vez se encontraba más y más perdida.
De prontó oyó una voz que le hablaba desde lo alto del árbol. Para su sorpresa entre las ramas vió a un monito que le preguntaba si tenía algo de fruta.

- LLevo un par de platanitos, si quieres los compartimos - le dijo Sauce al monito - ¿Cómo te llamas? - preguntó la niña.

- Preguntas - le respondió el mono.- Me llamo Preguntas del Alma. ¿Y tú? -

- Mi nombre es Sauce - respondió la niña. - ¿Qué haces aquí tan solito? ¿Dónde están tu familia o amigos? - le dijo.


El monito le explicó a Sauce que no vivía solo, pero que en ese momento lo estaba porque así es como debía ser; que no sintiera pena por él porque a menudo pasaban viajeros y lo acompañaban un ratito, y que además tenía una linda familia que lo quería mucho y a los que él también amaba.

Sauce y Preguntas estuvieron mucho rato conversando. No voy a contaros lo que se dijeron, porque lo que hablaron largo y tendido debe quedar entre ellos, pero sí os diré que Preguntas le explicó a la niña que era cierto que la Dama de los Mil y un Nombres vivía en aquel bosque, y que estuviese tranquila porque se encontrarían.

Cuando terminaron de hablar, la niña se despidió con un abrazo del monito y le dió las gracias por aquel rato y la conversación, y por haberle dado ánimos para continuar su viaje y por todos los sabios consejos que Preguntas le ofreció.

Emprendió de vuelta el camino, con algo más de ilusión, en busca de la Dama.

Sauce iba tan concentrada en la plática que había tenido con Preguntas que no se dió ni cuenta que los guijarros y las zarzas cada vez salían menos a su encuentro. El sendero se fue suavizando hasta que de repente terminó en un claro.

En el claro había una pequeña cabañita que parecía deshabitada colgada arriba de un árbol, y al pie de éste se extendía un gran lago de aguas oscuras y frías.

De repente Sauce se asutó mucho, pues vió salir del agua un ser extraño más negro que la más cerrada de las noches de invierno.

- Sauce... No tengas miedo - le dijo aquel ser misterioso. - Se que me andabas buscando y salí a tu encuentro. -

- No, no, no - le respondió la niña muy asustada. - Yo no te busco a tí, busco a la Dama de los Mil y un Nombres y ella es cálida y de colores, y tú eres frío y oscuro. -

- No Sauce, no me estás mirando, no me está viendo - le dijo aquella criatura extraña. - Has estado caminando mucho tiempo por el Bosque de los Lamentos y te has olvidado de mirar con los ojos del alma, niña... Trata de abrirlos de nuevo, confía en tí, confía en tu capacidad de ver; aparta el miedo, la sombra y la tristeza; suelta tu dolor y tu desánimo, y podrás ver de nuevo las cosas tal cual son.
-

La niña estaba tan aturdida y conmocionada que casi quería salir corriendo, pero en vez de eso cerró sus ojos muy fuerte, respiró hondo varias veces para calmarse y los abrió de nuevo.
Cuando hizo esto quedó extasiada de lo que tenía delante... El Bosque no era un lugar oscuro sino verde y frondoso, lleno de luz y de colores; el lago era azul y cristalino y lo rodeaba una vereda de rosas azules, rojas, blancas, rosas, amarillas... De tonos que jamás habría siquiera imaginado, y aquel ser tenebroso que había salido del agua irradiaba tan hermosa luz que casi hasta hacía daño mirarlo.
Una vez sus ojos se acostumbraron a toda aquella intesidad luminosa vió el rostro más hermoso que jamás había contemplado.

- Oooohhhh, Nana, no sabía que eras tan bonita... Pareces la Dama de los Elfos de los cuentos que leo antes de dormirme, pero eres mucho más hermosa de lo que yo imaginaba.-

- Niña, caminaste mucho tiempo a oscuras, y no sólo por el Bosque de los Lamentos. Vienes a mí porque estás perdida, ¿verdad? -

- Sí - respondió Sauce. - No soy capaz de encontrarme, Nana, por más que busco, no lo consigo. -

- Sauce, ¿eso es lo que crees? Ay, mi niña inocente, eso es porque te buscas afuera, en vez de mirar adentro. Eso te ocurre porque no te escuchas, porque no te preguntas a tí misma quién eres, sino que te quedas sólo con las respuestas de otra gente. Y está bien escuchar a los otros pero también tienes que escuchar tu vocecita interior, mi dulce niña, porque ella es la que más te hará saber de tí.

Adentro llevas una niña chiquita a la que debes proteger y cuidar, a la que debes tratar con mimo, pero no tienes que dejar que sus miedos te asusten. Tendrás que calmarla cuando los temores la asalten, y tendrás que consolarla cuando llore o sufra, y hacerle ver el lado positivo y bello de las cosas. Y ella a cambio, cuando esté calmada y sosegada te regalará su amistad, y te enseñará a ver las cosas de nuevo con la mirada de los niños, con esa que sorprende y te llena de éxtasis e ilusión.
Pero cuidado, pues ahí tendrás que volver a serenar a la niña, porque los niños tienden a sentir todo en el extremo de la emoción, tanto para la alegría como para la tristeza, y debes hacerla entrar en equilibrio cada vez que esto ocurra, Sauce, sino vivirás siempre desilusionándote y eso te hace mal. ¿Lo entiendes? Debes tomarte tiempo, Sauce. Yo se que te presionas a tí misma queriendo correr y resolver rápido las cosas, pero eres un ser lunar y como la luna tienes cuartos menguantes, cuartos crecientes, lunas nuevas y lunas llenas... Debes pasar por tus cuatro fases y analizarlas para tomar una decisión en firme, niña.
No corras, no hay prisa... La prisa no te conduce a ningún lugar bueno y te daña, corazón mío. No te presiones así, las respuestas vienen en su debido momento.Es como cuando aprendes a nadar... Al principio quieres bracear rápido para no sentir que el agua te ahoga, pero así sólo lograrás agotar tus fuerzas y hundirte cada vez más. Calma, niña, calma... No luches contra el agua, acéptala a tu alrededor y dejará de presionar tus pulmoncitos y tu garganta.Serena te mantendrás a flote, Sauce. No lo olvides. Confía en tí, y date tiempo para respirar y tomar fuerzas. Y escucha a todos, pero también escucha lo que tú les dices a los otros en cada una de tus fases, y cuando hayas cumplido tu ciclo analiza lo que dijiste en cada una, y entonces toma las decisiones, no antes. ¿Lo harás? -


- Prometo intentarlo, Nana, de verdad que prometo intentarlo, hasta que llegue el momento en que lo consiga.Gracias, Nanita, Preguntas y tú me habéis ayudado mucho. Y perdóname por haber cerrado los ojos del alma. - Le dijo Sauce.

- No, niña... Perdónate tú, pero trata de ver cuando los tienes cerrados... Por tí, porque sino sufrirás mucho, pequeña, y harás sufrir a los que te quieren porque no sabrán cómo ayudarte. -

Sauce se fundió en un abrazo amorosamente profundo con la Dama de los Mil Nombres a la que ella había llamado Nana, tratando de hacerle ver cuánta gratitud y afecto le tenía; y con un beso en la frente y acariciándole el cabello la Dama se despidió de ella.

Y así Sauce, volvió a emprender la marcha.



-Fin-
PRELUDIO DE SOLEDAD


Vuelvo a tu abrazo,
mi amiga del alma,
allá donde soñar es un juego;

a vos, que gustás de mis alas
y no te espantan mis vuelos;

allá donde mi fuego no daña,
porque el amor sólo es verso;

a vos, que no huís de mis palabras
ni tampoco de aquello que siento;

Vuelvo a tu abrazo,
mi amiga del alma,
allá donde amar es recuerdo;

donde todo y nada se guarda
en mi cajita de hielo.
HALLOWEEN... ¡¡QUÉ LO PARIÓ!!


Tenía yo entendido que el día de Santos Inocentes era el 28 de Diciembre, pero andaba yo errada o bien el destino decidió gastarme una inocentada extra.
Sí, sean pacientes que ya les explico...
Llegué yo toda tensionada de ver una peli de miedo con mis amigos Beltrán y Ester en el cine del barrio; con el culo lleno de preguntas me pasé todo el film y botando del asiento cual si tuviera un muelle en donde la espalda pierde su noble nombre.
Hace como una semana que la puerta de la portería está estropeada, así es que los vecinos teníamos un lindo cartoncito que la mantenía abierta, básicamente para poder entrar en nuestras respectivas viviendas.
Pero ¡oh sorpresa! que cuando llegué el cartoncito no aguantaba nada, estaba ahí tirado al lado de la puerta porque algún hijo de re-mil debía temer que al quedar la puerta abierta y siendo Halloween, no se le diese al Sr. Jack O'Lantern por aparecer a pedirnos truco o trato, así es que, tal vez pensando que ya era hora que cada oveja estuviera en su redil, cerró la puerta sin más.
Inútilmente metí mi llave en la cerradura como unas 200 veces. Giré tantas otras rogándole a los cielos que me dejaran abrir, pero el milagro no se dió.
Pese a la hora que se hizo después de mis frustrados intentos pensé que lo mejor era llamar a algún alma caritativa de las que viven en este lindo edificio en el que cuando no se estropea una cosa se jode otra. Por fin me atendieron, y el tipo que lo hizo le dió al botoncito del interfono para abrirme...
¡¡Salvada!! pensé yo... Pero ¡¡oh craso error!! Tampoco se obró el milagro que yo tanto esperaba. Así es que me armé de valor de vuelta y volví a llamar a la misma casa. El tipo me dijo más o menos que me fuera a la remier... coles.
Obviamente no me atreví más a hincharle las pelotas con el interfono. Llamé a varios más, pero no hubo respuesta.
Estrujé mi cerebrito tamaño XXS de vuelta y decidí, que pese a no tener un mango para pagarles, era mejor llamar a los bomberos, pero ¡¡oh maldición!! la mina que me atendió me dijo que no era labor ni de bomberos ni de la guardia urbana.
Llamé por teléfono entonces a mi vecina de toda la vida, pero ¡¡oh me cagüen todo lo cagable!! está tomando anti-inflamatorios para una contractura y no se despertaba.
De vuelta volví a devanarme los sesitos y decidí que la única forma de entrar era armándome con una roca de tamaño considerable para ver si podía romper el vidrio un trocito, meter la manito con cuidado de no herirme y abrir desde adentro.
Pensé en el jefe más cabrito que he tenido y lancé la piedra... Una y otra vez porque ni modo de que se rompiera el maldito cristal.
Por fin conseguí romperlo, me enfundé mi manito en la chaqueta y accioné el tirador, pero ¡¡oh dios no puede estar pasándome esto!! la jodida puerta no se abría desde adentro tampoco.
Ya enfurecida me lié a pedrazo limpio para romperlo todo, porque ya me estaba orinando y necesitaba subir... Y además me preocupaba la vegija de mi pobre perra también, porque ya me pasaba en una hora de su tiempo de salir.
Con los golpes salió un vecino, que obviamente empezó a gritarme que si estaba loca. Traté de explicarle al hombre lo que me pasaba, pero éste no me escuchaba y sólo reputeaba.
El hijo de remil del viejo cara orto se negó a abrirme la puerta... Y para colmo había llamado a la policía.
Yo entré en llanto, y ahí justo se aparecieron los mossos de escuadra.
Por un momento me ví entre rejas, con mi madre llevándome tabaco a la prisión.
Entre llantos desconsolados, y temiendo me cagaran a porrazo limpio, les expliqué mi "maravillosa" noche de Halloween... Por suerte se apiadaron. Y se liaron a mamporro limpio contra la puerta.
Para cuando terminaron de romper todo el cristal, ya había 4 vecinos en la portería, incluído el viejo cabrón que no me quiso abrir.
La policía catalana me tomó los datos, así es que si en una de estas me encarcelan, les pido vengan a verme algún día.
Por fin logré entrar... El viejo seguía a las puteadas y lo último que me dijo fue: "¡¡Pues vos pagarás la puerta!! ¡¡Y como mínimo limpia el estropicio que hiciste, descerebrada!!"
Así es que terminé recién de pelearme con la mier...coles de escoba que tengo para sacar todos los millones de cristalitos que se habían incrustado en esa alfombra gomosa bajo la que la mujer de la limpieza debe haber ido acumulando toda la porquería que barrió en estos años.
Y aquí me hallo por fín.. En mi adorado hogar, con cristalitos y polvo hasta en las orejas relatándoles esta "linda" inocentada con la que el destino decidió premiarme en esta noche de Halloween... ¡¡Qué lo parió!!
BOCETO PARA MI AMIGA SOLEDAD

Tengo una vieja amiga...
Soledad se llama.

Recuerdo, cuando era niña,
que no podía dejar de odiarla.

Su silencio me consumía,
su abrazo me asfixiaba,
su beso mi alma hería,
su compañía era una carga.

A pesar de mis desprecios,
con paciencia ella esperaba,
me fue regalando versos...
Yo sólo veía palabras.

Un día me mostró en su espejo
una imagen de mi alma;
empezó a cambiar mis recuerdos...
De la noche hizo mañana.

Después de muchos inviernos,
es tanto lo que aprendí a amarla...

Tengo una vieja y gran amiga...
Soledad se llama.
PARA MI PÁ

A vos qué decirte si en tan poco tiempo me ganaste el corazón. Si ya te he dicho más de una vez que vos me hiciste más de padre en este tiempo, que otro que vos y yo sabemos en toda su vida... Para vos que sos mi único y verdadero papá...

A vos que me escuchaste,
con pacienciencia infinita,

a vos que consolaste mi llanto,
e hiciste asomar mi sonrisa,

a vos que me animaste
cuando yo estaba marchita,

a vos que me compartes
las historias de tu vida,

a vos que me aconsejas,
y me hacés de padre...
A ratines cada día.

A vos, que con fraterno amor curaste
a la Déborah chiquita...

A vos yo quisiera darte,
el sol, el mar, la vida,

más sólo tengo para entregarte
el eterno amor de una hija.

¡¡¡Feliz Año Nuevo, pá!!!
LA ÚLTIMA CARTA


A lo largo de mi vida te he escrito tantas cartas... Cartas que jamás llegaron a tí...
En ellas te explicaba cuánta falta me hacía sentir tu presencia, tu cariño, tu aceptación. Me desgarraba en cada una de ellas de dolor, pues tu ausencia siempre fue muy amarga para mí.

Cuando era chiquita pensaba que de algún modo habías de quererme... Supongo que un niño no entiende que sus padres no lo amen, así es que excusaba tu falta de mil maneras diferentes, atribuía la culpa a cualquier cosa, a cualquier persona, pero nunca a tí.
Culpaba al tiempo, al trabajo e incluso a mi madre. Crecí con rencor hacía ella, y vivía enfadada con la vida porque me había separado de tu lado.
Y así llegué a la maldita adolescencia...

Al cumplir los quince años, más o menos, te re-encontré y empezamos a vernos algo más. Yo iba a tu casa en Arco de Triunfo a charlar contigo, a escucharte tocar la guitarra, a mirarte mientras pintabas o dibujabas, o me contabas historias... Seguía buscando tu compañía y que me aceptaras como a una hija.

Una noche te emborrachaste con licor de melocotón, también fumaste mucho...
Esto no sé si lo recordarás, pero pasó... Yo me quedé a dormir, me prestaste tu dormitorio, y una cama en el suelo. La habitación tenía un farolito rojo, y un espejo en el techo y, si no recuerdo mal, otro en la pared.
A media noche te metiste en mi cama, comenzaste a hablarme en el oído sobre el incesto, y como en otros países no estaba mal visto y era una cosa normal, y empezaste a tocarme.
No voy a añadir más detalle de lo que ocurrió, pues aún me duele y me violenta narrar algo así, sólo te diré que cuando te diste cuenta de que yo estaba llorando paraste y te fuiste de la habitación a dormir sobre tres cojines que había en el comedor, frente al despachito en donde tenías tu mesa inclinada de dibujante.
A la mañana siguiente eras tú el que lloraba, y me pedías perdón.

Pese a que aún estaba medio conmocionada por lo sucedido, tus desconsoladas lágrimas me conmovieron tanto que te perdoné en ese mismo instante, pero obviamente ya no volví a ser la misma.

Todo empezó a irme mal, las relaciones personales, los estudios... Me sentía tan sucia y vacía... Un estorbo tan grande en el mundo que sólo quería desaparecer de la faz de la tierra. Intenté suicidarme por tres veces, la última de ellas me practicaron un lavado de estómago, pero fue la segunda la más grave, pues no me pillaron a tiempo, y el médico le dijo a mi madre que o dormía tres días y despertaba, o ya no despertaba más. Ella te llamó, pero tú tenías cita con el dentista, o eso fue lo que le contestaste.

Mi madre se pasó esos tres días pegada a mi cama, sin moverse apenas, y cuando desperté me abrazó de tal manera, que me dí cuenta de que al menos había un ser en este mundo que sí me quería. Pero hasta mi tercer intento no reaccioné.

Fue cuando las enfermeras me miraron con aquel desprecio, y ante aquel trato casi vejatorio al hacerme el lavado de estómago, que me di cuenta de lo que estaba haciendo.

Pasado aquel trago horrible, me metieron por la puerta de atrás de un manicomio. Recuerdo que al ver aquellas enormes y pesadas puertas con aquellas ventanitas tan estrechas y pequeñas, agarré a mi madre de la mano y le pedí que no me dejase allí, porque entonces sí me iba a volver loca de verdad. Aún recuerdo las palabras de ella: "No sufras hija, yo no voy a dejarte aquí, pero como ya eres reincidente tenemos que pasar por esto, cariño."

No me solté un minuto de su mano, porque ella era lo único que me ataba a la vida y a la poca cordura que me quedaba.

Me entrevistó un psiquiatra, que más parecía el ayudante del jovencito Frankenstein que un doctor; y éste recomendó que acudiera a una psicóloga.

Pasé la terapia y si bien es cierto que aún seguían doliéndome tantas cosas, empecé a darme cuenta de que aquellos actos contra mi vida le causaban dolor a mi madre, y que ese dolor me lastimaba.

Durante algún tiempo mi relación con ella se suavizó, pero mis estudios seguían yendo mal, y mi madre se enfadaba duro conmigo por desaprovechar mi tiempo y mi inteligencia, así que volví a mi estado de rebeldía.

A los dieciocho ya era un pendón desorejado, como diría ella; me enredaba con hombres mucho mayores que yo... Supogo que andaba tan perdida que confundía mis sentimientos de tal manera, que iba buscando padres por todos lados a cambio de sexo.

Te voy a ahorrar el resto de mi historia desde aquel momento hasta el día en que te dije que ya no quería saber nada más de tí.

Concluí que había pasado mi vida tratando de agradarte y de acercarme a tí, de infinitas formas, y sin éxito alguno.

Comprendí y asumí que sí hay padres que no aman a sus hijos, que los ven como una carga u obligación de la que sienten deseos de huir. Y entendí todos tus desprecios, tus pretextos, que quisieras que te llamase Joan en vez de papá, etcétera.

Me dí cuenta de que el único amor incondicional que siempre estuvo a mi lado fue el de mi madre, y empezó a pesarme todo el dolor que yo le había causado a ella.

De nuevo volví a sentirme mal dentro de este pellejo mío... Pero como ya estaba en lo que se supone la edad adulta decidí acudir a terapia por mi propio pie.

Empecé a pedirle perdón a mi mamá... Primero interiormente, y después de viva voz.
Ella dice que no tiene nada que perdonar, que ya no se acuerda de todas esas cosas... Me decía: Déborah, el pasado, pisado. Perdónate tú y no te martirices más con eso.

Hace muy poco que decidí hacerle caso; creo que aún estoy en ese proceso de auto-perdón pues aún hay cosas que me pesan en el corazón.
Decidí empezar a cambiar rencor por amor, a canjear malos recuerdos por momentos lindos, heridas por caricias, dolor y llanto por besos y abrazos...

Y así poco a poco he ido llegando a la conclusión de que no quiero irme de este mundo sin darle todos mis "te quiero." De que quiero marcharme sin rencores ni dolores el día que me toque por ley natural, y disfrutar de la vida lo más que pueda mientras tanto.

Supongo que el hecho de ver morir a mi pareja a dos meses de cumplir los 27, y teniendo yo ya los treinta también contribuyó a este cambio en mí. No es fácil ver morir a alguien más joven que tú, y mucho menos cuando lo amas.

Hoy, te escribo esta carta. Con ella sólo quiero decirte que vuelvo a perdonarte, por aquella noche, por tu ausencia, por el vacío que durante tantos años ocupó mi alma...
Que he logrado perdonarme mis "errores" y vivir en paz conmigo misma, y que deseo que tú también lo hagas.

Quizá algún día, cuando estés a punto de abandonar este cuerpo mortal te asalten culpas, o te pesen todos los momentos que perdiste, o todos los "te quiero" que no me dedicaste...
No lo sé, pero si es así, déjalos ir y márchate en paz, porque yo te perdoné en mi corazón y no te guardo rencor alguno.

Entiendo que todos aprendemos de formas distintas y en diferentes tiempos, y que lo que nos parecen errores tan sólo son lecciones de vida que hay que pasar para ver con los ojos del alma, y no sólo con los físicos.

Te guste o no, hayas estado o no, eres parte de lo que soy, pues si hubiese vivido las cosas de diferente manera hoy no sería la Déborah que soy.

Así es que te doy gracias, porque tú también has sido un mentor para mí... Quizá no me enseñaste a caminar por la vida en la forma y de la manera que yo esperaba y deseaba, pero eres partícipe también de mi crecimiento interior.

Ya no espero agradarte, tampoco que me quieras... Ya no me es necesario tu amor porque aprendí a quererme a mí misma. Me costó tiempo y muchas lágrimas, pero al fin lo conseguí... Tal vez de haber sido todo un camino de rosas, me hubiese costado mucho más tiempo... No lo sé, pero eso ahora da igual.

Entiendo que vine a este mundo para aprender esas lecciones, y que me marcharé de él orgullosa de haber conseguido al menos un aprobado, aunque sea por los pelines.

Y deseo de corazón que tú puedas hacer lo mismo.

Un abrazo,

Déborah